martes, 9 de abril de 2013


CAPITULO 24: “La lluvia y las mariposas



Imponentes nubarrones surcaban el firmamento merced al viento embravecido; celestes mensajeros de tormenta que arrojaban sus largas sombras en la pradera, deslizándose escurridizas y mudas sobre el barro y la sangre del campo de batalla. Sombras veloces a cuyo cobijo, una caballería de orgullosos guerreros con coloridos estandartes color azafrán, avanzaba al unísono, cual marea ambarina que inundara el valle en dirección al combate. Un furioso enjambre de letales saetas procedentes del sitiado castillo del Shogún, recibía al batallón de
arrojados samurái, que blandiendo sus katanas entre el humo cegador, 

caían por doquier derribados al fango para ser pisoteados por sus 

propios caballos. Guerreros y bestias sucumbían vistiendo los  blasones

 de su batallón, entregados a la violenta refriega, ajenos al colorido 

espectáculo de belleza y muerte que representaban, y que tan solo los 

impasibles generales a salvo en su atalaya de la colina, podían apreciar.

El estoico capitán Hidemusha secundado por sus fieles soldados, avanzaba valiente entre la barbarie abriéndose paso con su larga espada, decidido a abrir una brecha en la impenetrable muralla de la fortaleza. Aunque ello le costara la vida.
Fue entonces cuando de pronto, por encima del griterío y la confusión, un extraño e incomprensible sonido se oyó a lo largo y ancho de la pradera. Un eco misterioso nunca antes escuchado que les hizo detenerse y guardar silencio. Guerreros de ambos bandos detuvieron sus espadas en el aire, ante el estupor de sus enemigos que, inmóviles, aguzaban los oídos mirando en derredor, intentando entender el extraño fenómeno. Era aquella una aguda melodía de acordes desconocidos, que se repetía proveniente de algún lugar sobre sus cabezas, como si alguna autoridad divina hubiera decretado el fin de la sangrienta batalla.
Casey despertó sobresaltada por el timbre musical de su I-Phone, que vibraba insistente a su lado sobre la mesa del escritorio, al alegre son de los Bee Gees. Desperezándose, tuvo que despegar literalmente la cara de la página del grueso tomo sobre el que se había quedado profundamente dormida. Una vez más, había vuelto a rendirse sobre los libros, tras demasiadas horas estudiando historia medieval. Las sangrientas escaramuzas entre los shogunatos previos al periodo Tokugawa, despertaban especialmente su vivaz imaginación, a menudo entremezclando en sus sueños, los datos y fechas de los libros de texto, con las bellas y estilizadas imágenes del cine épico de Kurosawa.
Era paradójico que en sus fantasías, por absurdo que aquello resultara a nivel histórico, siempre se viera a sí misma como una valiente guerrera, en lugar de una vulgar campesina o una servil concubina de palacio. Frotándose la nuca agarrotada, se apartó el pelo de la cara, y contestó al fin al teléfono.
-         ¿...Moshi moshi?
-         Casey, compañera, tienes que salvarme la vida, necesito que me hagas un gran, gran favor. ¡Y rápido! ¡porfaaaaa!
-         ...Oh, vamos, Miyoko, -dijo con un largo suspiro- ¿...Qué se te ha olvidado esta vez?
Miyoko Yamashita era su compañera de piso, estudiante como ella, pero un par de años menor. Ambas compartían un minúsculo apartamento en Ruppangy desde hacía algo más de un año, y era raro el día que no extraviaba las llaves, el móvil, o ambas cosas llegado el caso.
Miyoko era tan irreflexiva e impetuosa como una saltadora de bunjee jumping, y de hecho, conducía su vida con esa misma filosofía de salto al vacío desde un puente. Por ello constituía un autentico milagro que hubiera podido sobrevivir a si misma hasta alcanzar siquiera la mayoría de edad. Pero lo cierto es que hiciera lo que hiciera, Casey era del todo incapaz de enfadarse con ella. Acaso por eso se llevaban tan bien.
Por lo que pudo descifrar a través del animado ruido ambiente, Miyoko había olvidado una bolsa que contenía su disfraz para un baile de máscaras en casa de su acaudalado amigo Mamoru. Bostezando, Casey garabateó en un papel la dirección, y le prometió estar allí en media hora, a condición de que no le insistiera en quedarse. Los exámenes trimestrales eran inminentes, y la joven estudiante irlandesa no podía permitir que su media académica bajara, si quería conservar su ajustada beca en la universidad de Sofía. Aún estaban a mediados de mes y solo quedaban unos cuantos billetes pequeños en su cartera, y no era la primera vez que Casey pasaba serios apuros para pagar el alquiler. Por fortuna Miyoko siempre encontraba la forma de conseguir dinero para abonar la mensualidad de ambas; lo malo era precisamente cómo lo hacía.
Casey entró en la caótica habitación de su compañera, y encontró la olvidada bolsa, justo sobre su cama. Entrar en el cuarto de Miyoko era como hacerlo en el exótico país de las hadas; en concreto, de aquellas que compran su ropa en Chanel y Versace. La joven tenía los abarrotados estantes decorados con una colección de juguetes y figuras de hadas y mariposas, que compartían el escaso espacio con todo tipo de complementos de las marcas más exclusivas; relojes, sombreros, foulards y pulseras de diseño, como si fuera la habitación de una adolescente millonaria. Sin embargo Miyoko no era ni lo uno ni lo otro, pese a que todo en su apariencia indicara lo contrario.
Diminuta y delgada, con una perenne sonrisa, este mes llevaba el pelo teñido de color naranja brillante, y recogido en dos pizpiretas coletas de colegiala. Aparentaba apenas quince años, en lugar de los veintiuno que realmente tenía, y sus mimosos modales y voz infantil, hacían que conseguir lo que fuera de casi cualquiera, fuese para ella pan comido. Y Casey lo sabía bien.
En lo tocante a sus ingresos, los oficiales no sobrepasaban la humilde asignación que sus padres, que vivían fuera de la ciudad, le enviaban para comida y alquiler. Pero eran los “no oficiales” los que realmente costeaban su elevado tren de vida y su atestado guardarropa.
Casey consultó en internet las posibilidades de lluvia aquella noche y, considerando un treinta por ciento, riesgo más que suficiente para tomar precauciones, bajó a tomar el metro, equipada con la vieja gabardina de su padre. Veinte minutos después, llamaba al interfono del lujoso ático del mejor amigo de Miyoko: Mamoru Hasegawa. Adinerado y de buena familia, aquel era un conocido blogger, propietario de una bitácora onlineque él mismo escribía y actualizaba a diario, y que se había convertido en el punto de referencia obligado de la vida social tokiota, y de paso, le había convertido a él, en una auténtica celebridad.
Cáustico azote del mal gusto, gurú de la moda y creador de tendencias, Mamoru solía decir que “...Si Oscar Wilde fuera contemporáneo, no solo escribiría un blog, sino que además se llamaría Mamoru” La residencia del afectado articulista de moda y fashion victim declarado, estaba situada en uno de los barrios más exclusivos de Tokio, y solo con atravesar el lujoso vestíbulo, ya se hizo una clara idea del esplendor que hallaría en su interior. Atusándose su rebelde melena pelirroja, intratable en los días de lluvia, Casey pulsó el timbre del apartamento, a través de cuya puerta podía oírse la fiesta que se celebraba al otro lado.
Un musculoso joven de cejas depiladas, y embutido en unas ajustadas mallas de licra, en una suerte de afeminada parodia de Superman, le recibió con un par de húmedos besos. Casey sonrió, algo incómoda por el efusivo tratamiento, pues tras un par de años en la capital nipona, ya se había acostumbrado a la rutina diaria de asépticas reverencias.
A lo lejos, Mamoru gritó alegremente su nombre, al tiempo que se acercaba correteando para abrazarla y repetir el besuqueo. El blogger, irreconocible con su peluca morena, iba travestido con un divertido disfraz de Lois Lane, dato que Casey reconoció justo en el preciso instante en que el amanerado “Hombre de Acero” que le había abierto la puerta, estampaba un apasionado beso de tornillo a su anfitrión.
-         Hola preciosa, te presento a Hideaki; guapo, ¿verdad?
-         Oh, sí, “super” –contesta Casey con un guiño- pero creo que ya nos conocemos; ¿Habeis visto a Miyoko?
Justo en ese momento, la mencionada aparece sonriente, ataviada con un brillante disfraz de hada, rodeada de seis amigas, todas vestidas y maquilladas igual que ella. Al verla, Casey, estupefacta, se mira la bolsa que trae en la mano.
-         ...Pero bueno... ¿y ese disfraz? Tú me dijiste que...
-         ...Ay, mi pobre y tontitaamiga gaijin... ¡El disfraz era para ti, boba! Vamos, corre, tenemos que vestirte y maquillarte, ¡el concurso está a punto de empezar!
El enjambre de hadas se llevó entre risas, a una sorprendida Casey literalmente a empujones, hasta el cuarto de baño. Allí, tras desalojar a un ebrio Peter Pan que se había quedado dormido tumbado en la bañera, maquillaron y vistieron alegremente, a la más alta de las hadas.
Un par de whiskies después, Casey estaba más que dispuesta a posar disfrazada junto a sus nuevas amigas aladas, para las cientos de fotos que les tomarían esa noche, y que se publicarían en internet al día siguiente. Miyoko sabía bien que la timidez de su compañera de piso tenía su  infalible antídoto en un par de sabias copas de licor; y ya estaba habituada a engañarla con mil y una argucias para que la acompañase en sus aventuras nocturnas.
Distribuidos por el enorme ático de diseño, tan diferente del cuchitril que ambas compartían en Roppongy, modistos, modelos y actrices charlaban, reían y hacían valer todo tipo de pasaportes legales e ilícitos, hacia los paraísos artificiales.
 Miyoko se movía por entre aquella fauna mundana como pez en el agua, era una socialitavocacional y experimentada, que no se perdía una sola fiesta o sarao del que pudiera tener noticia.
A menudo acudía del brazo de Mamoru, pues ambos compartían un malicioso sentido del humor que convertía sus tertulias etílicas a las que a veces se sumaba Casey, en un divertido espectáculo, digno de ver y oír. Ambos eran adictos a las compras, y asiduos de los clubes más elegantes de Shibuya, donde su presencia era algo habitual;
Sin embargo, lo que para su elitista amigo no era sino calderilla, para Miyoko era un gasto que conllevaba un precio muy alto. Nadie sabía el esfuerzo que realmente le suponía mantener ese tren de vida, aquel coste del que solo Casey sabía cómo su menuda compañera llegaba a satisfacer.
No obstante, ese ambiente selecto y sofisticado que Miyoko adoraba, no era en cambio el elemento natural de su amiga irlandesa. Aparentemente ajena a su propia belleza que todos elogiaban, la atractiva pelirroja se había criado en un entorno mucho más académico y deportivo, alejado de la moda y sus devaneos. Empero agradecía aquellas alegres noches que pasaba en compañía de su pequeña amiga, a la que había cogido un gran afecto, tal si fuera la hermana que nunca llegó a tener.
Tras quedar en un merecido segundo puesto en el concurso de disfraces, tras un estrambótico Robin Hood, la alegre cuadrilla de hadas se empeñó en continuar el festejo cantando a pleno pulmón. Así, sin desprenderse de sus disfraces, se montaron en sus coches para terminar la noche en un karaoke after-hours de Shibuya.
Eran ya las cuatro de la madrugada, cuando dos ebrias hadas, una de ellas con una arrugada gabardina en la mano, salieron del karaoke para comprobar que evidentemente la estación de metro estaba cerrada. Obligadas a volver a casa andando, maldiciendo en inglés y japonés, decidieron acortar por el parque Ogawa pese a estar más que cerrado a aquellas horas intempestivas. Movidas a partes iguales por una cantidad indeterminada de alcohol y la seductora perspectiva de dormir en sus propias camas, saltaron torpemente la valla del parque. Cogidas de la mano, avanzaron a la carrera por la hierba entre risas silenciadas, tratando de hacer el menor ruido posible. Fue entonces cuando Casey descubrió que efectivamente, un treinta por ciento era un porcentaje respetable, al sentir en su mejilla las primeras gotas de una lluvia que, en apenas segundos, se convirtió en un verdadero diluvio. Corriendo descalzas bajo el chaparrón, se refugiaron en un banco de madera al regazo de un frondoso abedul. Jadeantes, caladas, y muertas de risa, se sentaron a esperar a que escampara. Casey sacó un paquete de tabaco de su bolso, compartiendo su último cigarrillo medio seco con su menuda compañera.
-         ...¿Te he contado que Ray me ha hablado de boda?
-         ...¿El mismo Ray que lleva casado diez años?...Vamos, Casey, todos dicen lo mismo, cuando se cansan de hablar de sus familias, empiezan a hablar de golf, y si se aburren del golf, comienzan a hablar de boda...
-         Vaya, pareces una experta, Miyoko...
-         ...¿Conoces a alguien que haya salido con más tipos mayores que yo? Soy casi una nieta de alquiler...
-         ...Vamos, Miyoko, lo que tú haces tiene un nombre... -responde Casey, sarcástica, con una ceja levantada-
-         Claro, chica; enjo kosai: “cita con consentimiento”
-         ¿”Consentimiento”? ¡A ti te pagan, Miyoko!
-         Ah... ¿...Y qué culpa tengo yo, si esos pobrecitos hombres de negocios se sienten culpables por engañar a sus honorables esposas, y me regalan grandes sumas de dinero? -responde con un guiño-  Además, ¿No sabes que en Japón es descortés rechazar un regalo, mi tontita amiga gaijin?
Miyoko siempre encontraba la manera de salir airosa de cualquier pregunta de Casey relacionada con su moralidad; parecía como si realmente pudiera moverse por el sórdido mundo con el que coqueteaba, sin manchar sus blancas alas de hada. Pero sus alas de gasa estaban ahora empapadas, y tiritaba de frío; Casey se despojó de su gabardina, y la colocó sobre sus hombros, de forma que ambas pudieran compartirla y darse calor. Miyoko se abrazó a ella, temblando.
-         ...Soy una tonta; no debería sermonearte, Miyoko, a veces hablo como si fuera tu hermana mayor.
Miyoko puso el dedo sobre sus labios, haciéndola callar, al tiempo que se acercaba a ellos, para hablarle en un susurro;
-         ...Me gusta que seas mi hermana mayor, mi tonta amiga gaijin
La joven tomó su rostro entre las manos, acercándolo al suyo para besarla en la boca, al principio tímidamente, luego, perdido el pudor, sin límites. Por un segundo, la joven irlandesa llegó a pensar que sentiría incomodidad o reparo al separar los labios y encontrar sus ojos, pero no fue así. Tan solo tuvo una fugaz sensación, un presentimiento. El de que aquellos días felices de libertad despreocupada eran acaso el final de algo, y al tiempo el principio de una historia nueva, diferente. Pero era algo en lo que aún no quería pensar. Permanecieron allí abrazadas al amparo de la lluvia. Y llovió durante toda la noche.
 

CAPITULO 23: “La jaula de oro

  
En el exterior del lujoso edificio de apartamentos la tormenta arreciaba. Las primeras lluvias del invierno habían llegado en marzo con la fuerza sobrecogedora del monzón, y a través de la ventana el mundo se venía abajo con estruendo de gotas y viento. Entretanto, en el interior reinaba un apacible silencio. Olía a aceite de cedro y a limón, y la piel de Hiyori conservaba aún en sus poros el tenue aroma de las sales de baño.
Absorta en sus pensamientos con la mirada extraviada en algún punto impreciso mas allá de los muros de cemento y cristal, peinaba su larga
melena frente al espejo de su dormitorio. Recordó por un instante el 

rostro ajado de su abuelo Kaneda cuando de niña, le recitó un antiguo 

poema; “Hanami” que describía como las flores de cerezo en la cúspide

 de su serena belleza, caían al suelo para ser aplastadas por los niños 

que correteaban alegremente. ¿...Era ese el fin de todo lo bello? -se preguntó- ¿Era aquel que le estaba reservado? Desnuda en el silencio de la habitación, se examinó largamente ante el espejo. Pronto serían treinta y cinco inviernos, y en su joven rostro aún no habían empezado a manifestarse con verdadera fiereza los estragos del paso del tiempo. Como Dorian Gray, un hechizo parecía haber logrado mantener su piel ajena al devenir de de su existencia; mas no así su alma. Sus ojos color de almendra aún retenían esa dulzura que los años y el sufrimiento no habían logrado erosionar. Su cutis era delicado, su cuello largo y esbelto y en sus hombros la piel se volvía tan suave que se podría acariciar con la mirada. Los pechos conservaban intacta su belleza frutal, su cintura era estrecha, de bailarina, y no era casual, pues lo había sido.
Toda su figura se recortaba a contraluz ante la ventana y la luz azul del anochecer hacía resaltar ante el espejo cada uno de sus relieves. Pero hasta las rosas en el jarrón de su mesilla de noche que el propio Kenshiro renovaba personalmente cada mañana se habían marchitado durante su ausencia hacía ya más de una semana. Sabía que algún día ella también sucumbiría sumisa, arrugándose y doblándose ante la impiedad del calendario, como lo había hecho su madre antes que ella. Odiaba pensar en ello. Lo hizo por un momento en el americano, y a pesar de ella misma, una sonrisa asomó a sus labios. Evocó su mirada ardiente una semana atrás, en aquel restaurante, y un travieso diablo la hizo imaginar como unas ásperas manos acariciaban suavemente sus muslos, aquellas mismas que habían sostenido por un breve instante su rostro apenas hacía unos días. Cerró los ojos y sintió un fuerte estremecimiento, embriagada por un deseo que a la vez la poseía y humillaba. Avergonzándose de sí misma se acercó a la ventana empañada, limpiando con sus dedos un pequeño círculo por el que miró la lluvia caer con los brazos cruzados sobre su pecho. El lluvioso horizonte de torres grises iluminadas en la noche, hizo a su mente viajar en el tiempo por el lapso de media vida, hasta Kioto, la eterna ciudad de los dos mil templos. El hogar secular de sus antepasados donde dejara olvidada su inocencia hacía ya tantos años. El abuelo Kaneda, al que Hiyori siempre había profesado una especial devoción, inculcó a su familia el respeto por la tradición. Cuando alcanzó la edad prescrita, su abuelo concertó para Mitsuko, su madre, el matrimonio que creyó más provechoso para ambas partes, con un joven comerciante de especias llamado Kazuo Fushimura.
Kazuo, el padre de Hiyori, era un hombre emprendedor, de suaves modales occidentalizados, dueño de un boyante comercio de especias en el mercado de Kioto. Con el tiempo, Mitsuko llegaría a descubrir que era también un ser agresivo y tiránico propenso a someterla a brutales palizas desde el principio de su matrimonio. Al cabo de un año de este, nació Hiyori.
Por deseo paterno, la pequeña fue internada en una escuela cristiana para chicas en la que aún de niña, procuraba pasar la mayor parte del tiempo. Sobre todo porque la joven Hiyori sabía que el regreso a casa caminando con los libros al hombro, era casi siempre el preludio del sufrimiento. Por eso volvía siempre caminando lentamente en uno de esos remedios infantiles para los males adultos que solo los inocentes podían discurrir. Hiyori no había olvidado el día en que próxima a cumplir quince años, su madre le relató los prolegómenos de su boda con Kazuo. Le contó como en su dote como era costumbre, su abuela había incluido una afilada daga. Eso significaba que una vez casada, no podría volver con vida a su propia casa, fueran cuales fuesen las calamidades que pudieran acontecerle en su matrimonio. Aquella era una de las últimas conversaciones que recordaba haber tenido con ella, hacía casi veinte años.  Ahora recordaba cómo tras cada paliza que Kazuo le propinaba por cualquier motivo, su madre entraba silenciosamente en su cuarto y la hallaba tendida en la cama, con la cara enrojecida y los ojos húmedos y asustados, incapaz de entender qué había hecho mal aquella vez. En todos esos años jamás le criticaría ni diría nada en favor de Hiyori ante él. Su único bálsamo era secar sus lágrimas y salir de la habitación sin decir palabra. A Mitsuko su marido le resultaba del todo despreciable, pero ella no podía hablar mal a su hija de su padre. Aquello habría sido faltar a su sagrado deber de esposa; Girí.

Aquella situación se prolongó hasta que cumplió los dieciséis, edad que su

 padre consideró oportuna para darle a conocer al hombre que había 

seleccionado para ser su esposo, uno de sus empleados en la tienda. Tal

 vez fuesen los libros extranjeros que había leído a escondidas, o quizás 

un arraigado sentimiento adolescente de rebeldía fraguado en aquellos 

años de sumisión silenciosa; el caso fue que la primogénita de Kazuo 

Fushimura aquella noche, sin conocer siquiera a su pretendiente, se 

escapó de casa y jamás regresó. En cualquier caso tampoco hubiera 

podido, pues una vez tomada esta decisión, su nombre fue borrado del 

árbol genealógico de su familia, como si jamás hubiera existido. Después 

de su desesperada huida en plena noche, recuerda una breve vida con su 

profesor de ballet, del que estaba enamorada, y más tarde el desengaño 

y la humillación. También la soledad y la miseria, cuando se vio abocada a 

una vida que no quería recordar. Sola en el mundo, igual que ahora, 

encerrada en una engañosa jaula de oro. Igual que el gaijin. Al fin veía 

que ambos tenían algo muy importante en común. Ambos habían luchado 

y habían perdido. Por encima del amor, del deseo apremiante y casi 

doloroso, ambos estaban completamente solos, y ese destino compartido

 les unía tal vez más que el afecto. Recordó entonces las palabras que 

ella misma había dicho al americano aquella noche: “...En tu país 

desconocéis el sentido del deber” ¿Acaso -pensó- lo entendía ella 

misma? Había estado a punto de traicionar a su esposo, mancillando su 

honor y reputación, abocándose a una muerte segura guiada tan solo por 

un deseo ciego, inoportuno y tal vez pasajero. Pero era también un deseo 

inútil, un amor que había llegado muy tarde para los dos. “Mono no 

Aware” -pensó- Era su destino; y luchar contra él era enfrentarse a la

lluvia con una espada. Hiyori arrojó a la basura las flores marchitas, y se 

sintió más sola en su prisión dorada de lo que jamás se había sentido. 

Súbitamente sonó el timbre de la puerta, sobresaltándola. Solo entonces

 se percató de su propia desnudez, y poniéndose una negra bata de seda,

 caminó descalza hasta la puerta.

 

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CAPITULO 22: “Extraños en la noche



Al descorrer el biombo de papel de arroz, desde el lejano salón comedor del “Maneki Neko” llegó el eco apagado de una suave pieza de Sinatra interpretada en japonés al karaoke por un maduro ejecutivo que celebraba una fiesta escaleras abajo. Tan desubicadas sonaban aquellas estrofas de Strangers in the night cantadas en aquel foráneo galimatías oriental como lo estaba en aquel país el abogado americano que sin haberlo pedido las escuchaba; pero Dallas Parker solía hacer poco caso a la
música y en aquel momento había otro asunto que ocupaba por completo su atención.
 Hiyori Nakashima estaba de pie en el dintel del reservado. Ante ella, un occidental en cuclillas con la chaqueta en la mano y la corbata aflojada, la miraba con expresión desconcertada. La esposa de Kenshiro lucía una elegante chaqueta negra entallada con falda corta. Un pequeño sombrero con velo de encaje le cubría la mitad superior de la cara dejando entrever apenas los labios menudos y sensuales pintados de rojo oscuro. Al son de la profunda voz de aquel trasunto de Sinatra que entonaba con sorprendentemente solvencia, su misteriosa silueta se recortaba a contraluz ante la puerta de shoji mientras a su lado la camarera ataviada con un kimono azul, hacía señas al encargado para ir sirviendo la cena. Hiyori se disculpó con una sonrisa:
-         ...De veras lamento haber llegado tan tarde querido, pero ya sabes cómo está el tráfico a estas horas en la carretera del aeropuerto.
Con naturalidad, Hiyori se descalzó y se sentó frente a él sin quitarse el sombrero mientras otras tres empleadas entraban en el pequeño recinto con la cabeza inclinada, llevando en las manos una bandeja. Sus pies con calcetines blancos susurraban sobre el tatami. Una de ellas, graciosamente sentada sobre sus talones, colocó ante ellos sendos paños húmedos enrollados, con un suave aroma a limón, con los que se frotaron las manos levemente. Una segunda se puso en cuclillas junto a Dallas y dispuso los platos sobre la mesa. Tras haber situado las bebidas, empezaron a retirarse caminando hacia atrás, con las rodillas muy juntas. Antes de que salieran, con el tono amable pero firme de alguien que acostumbra a ser obedecida, Hiyori les indicó en japonés que no deseaban en modo alguno ser molestados en las próximas dos horas. La última de ellas giró sobre sus talones, y cerró la mampara.
Una vez solos, Hiyori se despojó del sombrero descubriendo su rostro en todo su esplendor. Se miraron en silencio durante un largo instante. Dos completos extraños sentados uno frente a otro en una habitación vacía. Por encima del eco apagado del karaoke tan solo se escuchaban los ruidos lejanos de la bulliciosa cocina y entre ambos, ascendiendo lentamente, el tenue vapor de la sopa Shizumi que lograba que por momentos sus miradas casi pudieran tocarse en el aire denso del reservado, como una materia sutil que acariciara a ambos. Incluso a la dura luz de la bombilla, sus rasgos eran suaves y perfectos. Llevaba la cara limpia de maquillaje a excepción de los labios rojos, y el cabello, recogido en un elaborado moño. Dallas no podía apartar los ojos de ella. Como tampoco pudo hacerlo aquella primera vez, en casa de Kenshiro. Ahora podía apreciar que su cabello no era tan oscuro como pensó, sino casi castaño claro, con un levísimo vello color miel junto al nacimiento del pelo, que hacía brillar un aura etérea sobre su frente. Sus ojos, de un cobrizo más claro, ambarino, invitaban a perderse en ellos, pese a que aún podían adivinarse allí restos del miedo que sin duda la habría acompañado hasta llegar allí.
-         ...Lamento de veras el retraso, Señor Parker, pero como sin duda habrá imaginado, salir de mi apartamento no fue una tarea fácil. Por fortuna, Yoko, mi dama de compañía consiguió distraer a los empleados de mi esposo el tiempo suficiente para salir y tomar un taxi. Si se descubriese que el piso está vacío y yo con usted -continuó- todos ellos serían ejecutados de inmediato.
El americano estaba aturdido. Todas las preguntas que deseaba formular y todas las respuestas que había imaginado que ella le daría, se habían borrado de su mente. Como si su sola presencia ante él, bella e inalcanzable como una estrella de cine, bastara para colmar sus deseos. Percibía la frialdad en su tono, pero no parecía prestar atención a sus palabras, sino al hecho mismo de que las pronunciara allí, delante de él. Hasta aquel instante, sólo la había conocido en presencia de Kenshiro, y apenas había salido de su respetuoso silencio protocolario, sino para asentir a las palabras de su marido. De pronto se percató de que era la primera vez que aquella mujer real, y no la que él había soñado, le había dirigido más de dos frases seguidas.
-         ...Aún no puedo creer que estés aquí -dijo al fin, sonriendo sin dejar de mirarla- estaba completamente seguro de que no vendrías.
Hiyori parecía dudar como si no entendiese el significado de las palabras del americano, o no comprendiera la razón exacta por la que las había dicho en aquel preciso instante y en aquel preciso lugar.
-         ...Señor Parker, venir ha sido una temeridad para ambos, pero supongo que era consciente de ello cuando me hizo venir. Y si mi marido no estuviese en estos momentos en el otro extremo de la isla, me atrevería a decir que un suicidio. Pero pensé que parte de la responsabilidad en este peligroso error me correspondía  y debía hacer algo al respecto.
Dallas frunció el entrecejo, como si acabara de escuchar una nota discordante en una canción conocida.
-         ...Cuando recibí su mensaje me entró el pánico, primero de que mi marido pudiese descubrirlo y segundo, de que usted pudiese sufrir daño por causa de algo que yo hubiese dicho o hecho. Creí que era mi deber venir aquí esta noche para aclarar personalmente este terrible malentendido.
Dallas la observaba con una mueca creciente de incomprensión;
-         ¿...Malentendido?
Hiyori estaba contrariada. Se sentía desnuda sin protocolo alguno al que aferrarse ante la evidente informalidad del americano en circunstancias tan difíciles. Intentaba aparentar serenidad, poniendo énfasis en cada una de sus palabras, para que el gaijin se apercibiera de la situación.
-         ...Creo que no me ha entendido, Señor Parker. Solo he acudido aquí esta noche para advertirle del extremo peligro que supone este despropósito. Le ruego encarecidamente que no vuelva a ponerse en contacto conmigo por ningún medio. Lamento que haya podido malinterpretar alguno de mis actos y si ha sido así, le suplico humildemente que me disculpe. “Sumimasen gomen nasai; Moshiwake gozaimasen”. -Hiyori inclinaba la cabeza haciendo rítmicas reverencias, al tiempo que decía estas últimas palabras-
Dallas quedó al fin, mudo. Se sentía empalado sobre una roca esperando a los buitres. “Estaba resignado a que no aparecería, pero nunca pensé que llegaría hasta aquí, arriesgando el maldito cuello solo para rechazarme”-pensaba- Bajó la cabeza resoplando por la nariz y se pasó las manos por el cabello despeinándoselo sin querer. Permaneció así un momento intentando ganar tiempo como el púgil que se abraza al contrario. Dallas eligió cuidadosamente sus palabras y alzando la cabeza la miró directo a los ojos con una sonrisa sarcástica.
-         …¿Pretendes que crea que has llegado hasta aquí, engañando a tus guardaespaldas, arriesgándote a que te maten o algo peor, solo para pedirme amablemente que me aleje de ti?…No. No puedo creerlo. -negó mientras reía sin mirarla- Diablos, no me pidas que me crea eso.
Hiyori estaba realmente nerviosa. Pensó que sería más fácil.
-         Era… es mi deber, señor Parker ¿...Es que no lo entiende? Es más que evidente que no puede existir nada entre nosotros. Ni siquiera amistad. ¿Que se había creído?  Esto debe acabar ahora mismo.
Hiyori hizo gesto de levantarse para irse, pero Dallas la detuvo asiéndola del brazo mientras trataba de disculparse.
-         ...Está bien, de acuerdo, como usted diga, siento de veras haberla ofendido. Por favor, no se marche aún, es demasiado temprano. Además –añadió- sería una lástima desperdiciar toda esta comida, ¿no cree?
Cuando Hiyori volvió a tomar asiento, sintió que un leve rubor empezaba a asomar a sus mejillas. No estaba acostumbrada a que nadie la tocara excepto ocasionalmente, su marido. Intentó romper el incómodo silencio con otra disculpa.
-         ...Señor Parker, créame, yo…
-         ...Ok, ok, dame un respiro, ¿quieres? Al menos llámame Douglas, concédeme eso.
-         Pensaba que su nombre era…
-         ¿...Dallas? -sonrió- No. Fue solo una absurda idea de mi viejo entrenador de boxeo. Por algún motivo, pensó que “Douglas” sonaba demasiado afeminado para un boxeador, así que me lo cambió por Dallas; “Salvaje Dallas”. Desde entonces, todos me llaman así; Mi verdadero nombre es Douglas Johnson Parker.  
Dallas pensaba a toda velocidad, tratando de hallar una salida digna para aquella absurda situación en la que él mismo se había metido. Pero sólo acudían a su mente ideas estúpidas. Recordó haber leído alguna vez en un artículo del Playboy, que las mujeres japonesas eran “...flores de papel que había que desenvolver como si fueran Origami, con infinita delicadeza”. Pero Dallas no tenía tiempo ni paciencia para juegos aquella noche. “...Olvídate del Origami”- concluyó al fin para sí mismo - “...Y piensa en esto como en otro maldito combate”. Así que decidió ir  al grano, haciendo adrede acaso la pregunta más estúpida.
-         ¿...Por qué tiene tanto miedo de su marido?
Una Hiyori algo más serena bebió un sorbo de sake y postergó su respuesta.
-         ... Kenshiro-san le aprecia profundamente Douglas-san. Pero si estuviera al corriente de lo que ha intentado hacer, si supiera siquiera que ha pensado en hacerlo, le mataría de forma impensable. Yo también debería morir, en consecuencia. Para mi marido no existen tonos de gris. Nunca los hay para el honor mancillado
Dallas la miraba de hito en hito. No le sorprendía en absoluto el hecho de que un mafioso fuera capaz de asesinar a su propia esposa, sino la docilidad y naturalidad con la que ella parecía aceptar su lugar y destino en aquel juego macabro.
-         ...¿Y cómo sienta estar casada con un tipo que sabe que sería capaz de matarla sin pestañear?
-         ...Él me ama, Douglas-san. Pero no se equivoque, lo haría igualmente. Para un hombre de su posición, no habría elección posible, por mucho que odiase hacerlo. Sería su deber. El mismo que hoy me ha traído aquí. Usted no me ha dado elección; Dudo que pueda entenderlo.
Dallas la observaba con vago gesto de sarcasmo, mientras comenzaba a dar buena cuenta de la sopa. Volver a su cinismo habitual parecía haberle hecho recuperar el aplomo.
-         Tiene gracia... ¿sabes?, parece que vosotros siempre dais por sentado lo que un gaijin como yo puede entender o no; ¿Qué tal si pruebas a explicármelo?
Hiyori se sonrojó como si hubiera sido pillada en una falta leve. Con tono algo condescendiente empezó a hablar.
-         ...Todo japonés entiende la naturaleza del Girí. Sin el deber, la vida estaría carente de sentido. El de toda mujer después de su boda, tan solo comprende a su esposo.
Dallas la devoraba con la mirada; Hiyori intentaba rehuirle, mirando sus propias sombras en la mampara.
-         ...¿...Y cómo fue que acabaste con un mafioso como Kenshiro?
-         ...Digamos que él estaba en el lugar preciso en el momento en que yo más le necesitaba.
El americano tomó la botella de cristal esmerilado, y rellenó con naturalidad la copa de su acompañante, mientras la seriedad volvía al tono de su voz.
-         ¿...Le quiere aún?
Hiyori contemplaba su vaso con la mirada perdida en alguno de los rosados reflejos de la luz sobre el licor, espaciando de nuevo su respuesta.
-         ...Bien, ya que ambos estamos ahora en peligro de muerte, no veo razón para no ser del todo franca con usted. No sabría decirle si “amor” es la palabra adecuada. En cualquier caso; -dijo volviendo a mirarle a los ojos-Soy su esposa.
-         Eso no es suficiente.
-         ...Tal vez en el mundo del que usted procede, las cosas sean diferentes.
-         ...Puede que mi mundo no sea tan distinto al tuyo como imaginas -replicó con media sonrisa- sin embargo, hay algo que sé bien; Un matrimonio de conveniencia es igual en todas partes; créeme, soy abogado.
Dallas había lanzado su primer golpe al fin. Hiyori le sonreía entre despectiva y condescendiente.
-         ¿”...Matrimonio de conveniencia”? Tenéis demasiadas ideas preconcebidas... Y desconocéis el significado del deber. Creo que fue un error venir hoy aquí.
Contrariada y ofendida, la dama se preparaba para levantarse y marcharse; Dallas era consciente de que se le acababa el tiempo y se preparó para lanzar el golpe definitivo.
-         ...No ha respondido aún a mi pregunta de si le quiere.
-         Pero, ¿es que no puede entenderlo?-Estalló al fin- Usted no sabe nada de mí; Todo lo que soy y lo que tengo, se lo debo a él; Él me rescató, me educó, me dio una vida. Antes de conocerle... yo no era nada, no tenía nada, ni siquiera respeto por mí misma. Él me regaló eso y me dio mucho más. Pero por encima de todo ello señor Parker, es mi marido y me debo a él. El resto carece de importancia; Incluyéndole a usted.
Hubo un largo silencio antes de que volvieran a mirarse. Cuando lo hizo, Dallas vio en sus ojos húmedos una dureza que hasta entonces le era desconocida. Tenía razón. No sabía nada de ella; Y la sofisticada mujer de mundo que ahora prendía un cigarrillo con filtro -Dallas ignoraba que fumase- se parecía muy poco al ángel que había imaginado. Sin embargo, eran sus ojos una ventana que acaso a su pesar, mostraban lo que sus labios no se atrevían a decir. Ahora entendía que su mirada aquella primera vez en casa de Kenshiro no fuera acaso una declaración de intenciones, sino tal vez una petición de ayuda. Hiyori secó sus lágrimas con la dignidad de quien se sabe con derecho a verterlas, e intentó devolver a su voz el tono distante con que empezó su entrevista:
-         ¿...Sabe, Douglas-san?, Hay algo en usted que no acaba de encajarme; la mayoría de sus compatriotas a quienes conocí en las fiestas de mi esposo, sentían o al menos, fingían sentir cierta... fascinación por nuestra cultura. Pero usted no. No le gustamos nosotros, ni nuestras costumbres. Tal vez quiera explicarme que hace tan lejos de tu país.
Dallas había encendido a su vez, uno de sus propios cigarrillos americanos, y empezaba a asumir que tal vez todo aquello no le llevara realmente a ninguna parte. Quizás ambos hubieran perdido su tiempo, hecho que extrañamente le hacía sentir más cómodo al dirigirse a ella. Exhalando el humo hacia arriba contestó:
-         ...En realidad no es ningún misterio; Mi bufete precisaba con urgencia un abogado en Japón; y yo odiaba Detroit. Tomé un avión y acabé aquí. Que tu esposo me reclutase no fue difícil. Sabe escoger a los mejores.
-          No parece sentir demasiada nostalgia por su país.
Dallas sonrió abiertamente, en un alarde de cinismo:
-         ¿...Bromea? No tengo el menor apego por aquel maldito lugar. Es un pudridero al que ya nada me ata.
-         - Nunca antes había conocido a nadie que sintiera tan poco respeto hacia su patria. Aquí todos formamos parte de algo desde que nacemos, Douglas-san. Y estoy segura que usted también, aunque pretenda huir de ello.
-         - Yo no huyo de nada; -Dallas esquivó aquella vez su mirada- ...es solo que no hay nada allí que me inspire a volver.
-         ...Entonces debe estar muy solo, Douglas-san.
El americano no respondió. No estaba acostumbrado a la sinceridad en dosis tan nocivas, y ahora era él quien jugaba a la contra. Cayó en la cuenta, de que jamás se había sincerado por completo con nadie en toda su vida. Por un segundo, se preguntó el verdadero motivo.
-         ¿...De qué parte de tu país eres, Douglas-san?
-         Vamos... -dijo mientras se reía- ¿...de veras quieres conocer la historia del pobre y estúpido gaijin que cortejó a quien no debía?; dame un respiro...
-          Espero que su historia merezca la pena. He arriesgado mucho al venir aquí, y odiaría tener que morir por un estúpido gaijin de quien  solo sé su nombre.
Al americano se le congeló la sonrisa traviesa al oír su réplica, como el niño que ha sido pillado en una falta. Era evidente que Hiyori poseía más carácter del que aparentaba; sus últimas palabras le habían azotado con la fuerza de un látigo; Y por alguna razón, parecía tener sincero interés en oírle.
-         ...Bien, supongo que te lo has ganado. Aunque no te garantizo que no sea más que otra historia de mierda.
-         ...Correré el riesgo.
-          ...Provengo de un pueblucho de Tennessee que ni sale en algunos mapas. Uno de esos que nacen como arbustos al borde de cualquier camino. Allí crecí con mi tío, que regentaba un pequeño bar de carretera. El típico tugurio de ambiente country, para camioneros tatuados con sombreros tejanos. El caso es que Tío Frank no era un mal tipo, pero sí un completo perdedor. Se rindió al juego y la bebida cuando mi tía murió; Supongo que nunca supo muy bien qué hacer conmigo. -de pronto sonrió al acordarse algo- ¿...Quieres oír algo divertido?;...Recuerdo que de niño, a menudo venían por casa tipos raros preguntando por mi tío, ¿sabes?; Y él siempre andaba escabulléndose. Algunos matones venían tanto por casa, que algunas veces hasta me traían chicles. ...Incluso en su maldito funeral, hubo un montón de tipos a los que yo nunca había visto, que se acercaban al féretro para inclinarse sobre él. Cualquiera pensaría que mi tío tenía muchos amigos, -Dallas reía mientras hablaba- pero no; Eran cobradores, ¿entiendes? Habían ido a comprobar si realmente había palmado o era solo otro truco para no pagar…
Dallas negaba con la cabeza, mientras sonreía con su cinismo habitual, como si contara la historia de otro. Pero ahora el narrador se había quedado ensimismado. Sin darse cuenta, se había quedado atrapado en su propio relato, era de nuevo aquel joven petrificado ante el ataúd de su tío, afeitado y vestido de chaqueta como jamás antes lo había visto, tan distinto que al principio le costó reconocerlo. Hiyori le sacó de su breve aturdimiento, animándole a continuar.
-         ...El caso es que el bar era frecuentado por  boxeadores de un gimnasio cercano. Ellos me contaban sus batallas y yo escuchaba. Debí escuchar demasiado, pues a los pocos meses comencé a pelear. En dos años ya me preparaba para hacerme profesional. Estuve muy cerca, ¿sabes?
Dallas tomó otro trago largo antes de continuar.
-         ...A los diecisiete sufrí un grave accidente que me apartó del ring para siempre; Estaba acabado y solo en un agujero en mitad de ninguna parte. Mi única meta se convirtió en escapar, así que empecé a estudiar. Y para mi sorpresa, descubrí que era bueno.
Hiyori escuchaba con atención pese a que a ratos miraba su reloj con preocupación. A Dallas ya no le importaba el tiempo. Había bebido y descendido lo bastante a sus propias profundidades, como para perder la noción del mismo. Tan solo le movía la urgencia de sacar de su pecho aquello que tantos años había guardado sin saber muy bien para quién.
-         ...Lo único que sabía, era que había pasado mi vida en un pozo de mediocridad. Así que hice lo que tenía que hacer para salir. Entré en un bufete de poca monta y peor reputación, especializado en la defensa. Mi mentor, el viejo Vincent Muller, era una rata austriaca medio tarada, que mezclaba en sus alegatos el nazismo con la Biblia, pero era el mejor dejando a un asesino en libertad antes aún de que la sangre hubiera secado. Y yo aprendí rápido. Tanto como descubrí que me gustaba todo lo que ellos tenían, especialmente el dinero. Más tarde entré en otro despacho de más categoría, la misma basura, pero con mejores trajes.  El resto ya lo sabes.
 “...Una historia vulgar” -sonrió mientras se encogía de hombros- “...Pero no dirás que no te lo advertí...” Dallas estaba definitivamente ebrio. Hiyori volvió a consultar su reloj y apagó su cigarrillo sin levantar la vista. Luego miró largamente los ojos vidriosos del gaijin, exhalando el humo, con la curtida expresión de quien ha visto a muchos hombres peores que él, y en mucho peor estado. Si Dallas hubiera estado siquiera algo más consciente, habría reparado en que aquella expresión poco tenía que ver con la esposa ejemplar que solía representar en sociedad, o con el inocente querubín encarnado que había enamorado al americano. Aquella mujer real, que sostenía su mirada en silencio como si aún esperase algo, era la esposa de un yakuza. Y en su posición, la inocencia era un lujo que no se podría jamás permitir.
-         ...No creo que sea una historia vulgar -dijo al fin- ...Y tampoco creo que me lo haya contado todo.
Ambos habían arriesgado demasiado para venir. Así que Dallas lo dijo al fin:
-         ...Hace dos meses, te vi por primera vez en aquel jardín. Desde entonces he luchado cada hora de cada maldito día por negar lo único que sé que es cierto...
 Por primera vez, en aquella gélida velada, Dallas advirtió en ella una genuina sonrisa que iluminó sus pupilas. Se aferró a aquel breve gesto, con la desesperación de un naufrago en mitad de un tifón.  “...Que ya no puedo… prescindir de ti.” -dijo al fin con voz entrecortada-
Dallas se había acercado a ella lo bastante como para sentir su aliento y ella no había intentado alejarse. Sus labios estaban entreabiertos. Él tomó su rostro entre sus manos, sosteniéndolo por un instante. Hiyori pareció estar a punto de hablar, pero una vez más, sus ojos la precedieron; súbitamente su mirada se endureció y se zafó bruscamente, levantándose. Permanecieron inmóviles, separados por una mesa, dos sillas, y un abismo infranqueable. Ella le miró impasible desde el dintel mientras se ponía su sombrero cubriéndose de nuevo el rostro. Solo alcanzó a ver sus labios escupir una última advertencia.
-         “...No vuelva a llamarme nunca más. No intente volver a ponerse en contacto conmigo o daré parte de ello a mi esposo el Oyabún; Y si le conoce bien, sabrá lo que vale su misericordia. Esta vez, está advertido, gaijin. Mi deber está cumplido.”
Hiyori salió de la habitación como un suspiro. Dallas intentó detenerla, poniéndose en pie tambaleándose, para caer de bruces sobre la mesa de madera entre un estrépito de platos rotos. Cuando la habitación dejó de dar vueltas, hacía rato que ella se había marchado.
 

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